En un rincón del paladar
No hay ni un solo día que no te recuerde,
porque dejaste huellas profundas dentro de mí.
Y he fraguado los surcos,
mientras preparaba un nuevo camino,
en el que transmitiré tus pasos
pero te sigo extrañando como al principio.

Cierro los ojos y recorro velozmente las calles de un pueblo tranquilo, donde apenas hay coches ni contaminación. La gente es campechana, amable y también un tanto cotilla aunque el sabor de lo conocido puede más en momentos de añoranza.
Visiono aquella hoja entreabierta de la puerta, casi sin hacer ruido me cuelo en su interior. Un olor inconfundible, pisto para almorzar. Sigo deslizándome despacio, hasta el final, y allí está entre sus fogones, con el delantal blanco con flores que cubre su hermosa barriga. Al grito de abuela suelta las paletas para venir corriendo a besarme, hasta estrujarme. Y charlamos en mitad de la mañana mientras el sol inunda la estancia a través de la cristalera. Y no taso las tardes, en la mesa de hule impecable, con olor a café y roscos recién hechos.
Y la miro. ¡ Cuánta sabiduría bajo aquel pelaje blanco! Y anoto las recetas de cocina que desde muy pequeña me hizo apuntar en una libreta. Y mi marido, hoy día, lo agradece; mientras ella sonríe desde allá donde está.
Saboreo aquellos huevos fritos con patatas, su gazpacho, las lentejas y un largo etcétera, a los que debía añadirle un ingrediente que sólo ella poseía porque, con los mismos, ninguno sabe igual.
Me detengo a olfatear sus pestiños de Semana Santa y disfruto con aquella época, en las que venían festividades y, la estancia en su casa que me dejó un sabor aposentado en un rincón de mi palpitante paladar.
Continúo caminando hasta el corral, donde era verano y los pasábamos juntas. Días que se convertían en hálito para hacer más presto el invierno.
Allí todos mis inventos tenían valor, horas que se esfumaban tras infinitas posibilidades de juegos. Los chapuzones en el pilón donde muy temprano había lavado la ropa, a mano -y sonrío- porque añadía que su lavadora no la dejaba tan impecable.
Y nunca importó si me mojaba los pies, si de arriba-abajo me empapaba con el grifo atascado de la pileta o si dejaba huellas tras la corriente recién fregada porque siempre había una toalla mullida con olor a casa de mi abuela, unas palabras mágicas y un no pasa nada esto se recoge rápido.
Probé un trozo de sandía que aún, sin refrigerar, siempre estaba fría. Y me tumbé a dormir la siesta, en un colchón en mitad del portal y, sin aire acondicionado, se estaba más fresco. Descansé entre aquellas sábanas blancas que había bordado a mano para su ajuar, mientras le "hablaba" a mi abuelo, cuando eran mocitos; en el tiempo que le quedaba libre tras viajar una y otra vez acarreando agua de la fuente para que pudieran asearse todos, cocinar para una numerosa familia, cuidar a sus hermanos pequeños, limpiar, comprar, barrer, coser, ir a misa y trabajar toda una jornada como planchadora fuera de casa. Sin duda, aquellos días tenían más de veinticuatro horas porque, sin comodidades, todo estaba listo, bien hecho y sobraba tiempo.
Vi los utensilios de barro en la cocina, que conservaban mejor el sabor. Y aquellas puestas de sol en la azotea con la estampa de la vieja torre de la iglesia y las cigüeñas enseñando a volar a sus crías, los paseos por la plaza, el pilla-pilla con los nietos de sus vecinos, los helados en el puente...junto al parque de arena, la bicicleta, los toboganes, el escondite, los columpios, las canciones en la mecedora tapizada, los disfraces en el desván, el árbol de Navidad, el día de Reyes, la bandeja de los turrones, el olor a los polvos de la cara, también el de Heno de Pravia y Gota de Oro y...
Cuántas y tantas anécdotas por contar, momentos que jamás volverán. No podía soportar ese lugar. Dejé una rosa blanca en su tumba, me sequé las lágrimas y me fui.
Hace tres años que ya no está, dejando un sin definir que por más que escriba no se resumirá. Ahora que voy a ser madre pienso en la profundidad de un abuelo en la vida de un niño. ¡Cómo me gustaría que estuviera aquí! Aunque de otro modo, lo está.
Gracias abuela por todo lo que en mí, queda de ti.
Agosto 09













Tita verde dijo
Bueno.... claro que está, has vaciado tu corazón de montones de recuerdos capaces de llenar todos tus sentidos, el olor de ese pisto, el sabor de sus lentejas, de sus guisos..
Has tactado esas sábanas blancas bordadas por ella.... y de neuvo te has mojado en ese pilón...
En resumen, has sido capaz de hacernos ver y disfrutar de tu abuela y eso es porque está aquí, porque está en ti...
Muchos besos a los tres... y a la cuarta persona que tan tiernamente nos has mostrado hoy otro beso enorme. :)
6 Noviembre 2009 | 06:21 PM